Estar ahí, un dilema del ser Escritor

Luis Izquierdo - Archivo particular

Estar ahí, un dilema del ser Escritor
Disertaciones en torno al oficio

Por: Luis Enrique Izquierdo Reyes

Hablar con Roberto Rubiano es encontrarse con esa experiencia de escritor que nutre y llena el espíritu. Me hizo recordar ese día en que una de las niñas del Taller dejó a Carlos Castillo Quintero contra las cuerdas con la pregunta: ¿Cómo supiste que eras escritor? Y recuerdo con claridad la pasión desbordada que salía de sus ojos, y esa voz un poco entrecortada de esa experiencia límite de saber que tenía un destino. Esa misma escena se repitió con la pregunta de María Antonia León, una compañera del taller, a Roberto, y de nuevo esos ojos inyectados de pasión relatando esa tarde lejana caminando por la calle 170 del barrio San José de Bavaria; escuché las teclas de su máquina, y sobrepuse la imagen de Carlos Castillo escribiendo apasionadamente sus poemas y ahora enfrentado su novela sobre Pancho Villa; mientras el autor consumado (Rubiano) se enfrentaba a su Trilogía de novelas sobre Bogotá. Veía también a Nicolás Donoso, a Oscar Nossa y a Favio Giacometto escribiendo enfurecidos aquellos textos que el maestro trató con admiración. Y a Alejandro Aguilar gritando en su poesía toda esa carga de años de ideología política.
Deseé no haber estado esa noche con Carlos Castillo hablando de su Pancho Villa, pero ese era el camino, ahora siento que la búsqueda está en cada uno de nosotros. Escribimos desde adentro, desde el espíritu del escritor. Y gracias a Dios se han dado esas noches en las que nos reunimos a contarnos historias, a relatarnos a nosotros mismos. Pensé también en el encuentro que había tenido con Mario Mendoza días antes de la visita de Roberto, habíamos reído y hablado un poco de ferias del libro en la calle y otro poco de literatura; antes de despedirnos con su libro en la mano, hablamos de la resistencia que hacen los escritores desde su campo de batalla, pensé en hacer esa misma pregunta: ¿Cómo te hiciste escritor? Pero no fui capaz. Tenía que esperar, hasta que un mensaje de texto rompió el hechizo: “Salta… el suelo aparecerá cuando menos lo esperes”. No entendí, me habían enviado un poema Navajo que Mario transcribía en su libro y en el cual contaba la historia de cómo se hizo escritor, de cómo abandonó la cátedra en la Universidad Javeriana y se dedicó a la escritura comprometida. El cerebro trabaja rápido y pude ver a Carlos Castillo renunciando de sus cátedras en la Universidad de Tunja, arrojándose al mundo de ser escritor. Sentí miedo, se me heló la sangre, el mismo miedo que María Antonia sentía en el vientre materno. Ese arrojarse al mundo sin saber si el piso existe.

Vender libros, escribir artículos de viajes, o notas periodísticas para páginas web, o quizás hacer correcciones de estilo para monopolios editoriales… ¡Cuánto tiempo le quitamos a nuestra escritura! Cuánto tiempo fuera del oficio, sólo para sobrevivir.

Creo que nos hace falta saltar. Tener firmeza en la vocación y confianza en el oficio y además de eso, la valentía suficiente para mostrar nuestro trabajo. Buscar uno que otro editor “consumi(a)do”, que no le tiemble la mano para quitar párrafos enteros, capítulos enteros, cambiar los títulos de nuestros cuentos, y si nos descuidamos puede terminar cambiando nuestros nombres por alguno más sonoro. Los invito a saltar sin preguntarnos si el piso nos aguarda. Y si nos reventamos, al menos le hemos apostado a la posibilidad de convertirnos en un cadáver exquisito, anulando éste que apenas camina, apenas sobrevive…

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