Otro Mario - Isabel Cristina Arenas

Antoni TàpiesGratatge vermell. 2008

Isabel Cristina Arenas
Ingeniera industrial de la Universidad Industrial de Santander (2006), con  especialización en periodismo de la Universidad de los Andes (2010). Finalista del  I Concurso de Cuento Corto  Álvaro Cepeda Samudio de Sic Editorial (2005). Participó en el 3er. Taller de Creación Narrativa Luziernaga-Cuento. Hace parte de la Tertulia literaria El Rato y del Taller de Cuento “Ciudad de Bogotá” 2011.

* * *

Otro Mario


No me gustan las personas. Estoy que me largo de aquí, ya llevo 32 orinadas en estos últimos días, siempre a la misma hora y siempre por el mismo tipo. Antes solo tenía que soportar el humo de cigarrillo y de los carros de la 11.
            El mayor movimiento que he logrado hasta ahora es crecer para que los que pasen se tropiecen y caigan. Los odio a todos, algunos me consideran cómodo, una silla, sirvo desde tablero de mensajes de amor hasta escondite de marihuana. No lo soporto más. Todo es culpa del Carulla, de la Escuela de Artes y de los bares que han construido por aquí, traen demasiada gente.
            ¿Desde cuándo se ha visto que sea buen augurio que le caiga a uno mierda del cielo? Ya los pájaros no me hacen caso y no ahorran para la gente sus cagadas de la buena suerte.
Me quiero largar de aquí pero a punta de riego de aguardiente de caja, de moscatel  y de orines no voy a llegar a ningún lado.

***
Mario sale tipo 10:30 p.m. siempre de miércoles a sábado, trabaja desde las 11:00 p.m. hasta las 2:00 a.m. Son 16 horas semanales que le han dado lo suficiente para vivir los dos últimos meses. Robar es su trabajo actual. Él lo considera así.
Uno de sus principios es no herir a nadie, sólo los asusta y les quita la plata, el celular o lo que  lleven encima. Sin embargo en las noches se pregunta si asustar es pecado. A veces ese pensamiento no lo deja dormir. Se considera un buen tipo.
Antes arreglaba carros en un taller. Decir “arreglar carros” es muy pretencioso. Él sólo “hacía caso”: lavaba llantas, limpiaba vidrios de ventanas, destrababa las manijas de las puertas, cambiaba los fusibles de las luces y a veces lo dejaban arreglar pitos. Esto  último era lo que más le gustaba porque delante de los clientes tenía que usar palabras como potencia y bobina que lo hacían sentir importante. Pero dos meses atrás había llegado un técnico del SENA, uno de verdad, que había estudiado Mecánica Automotriz  y se le llenaba la boca cuando lo decía.
A Mario lo botaron del trabajo. Al del SENA le iban a pagar lo mismo que a él y sí arreglaba carros completos. Mario se fue triste,  pero se llevó de recuerdo un destornillador de estrella marca Phillips con el que alcanzó a arreglar 6 pitos. “Esto vale como $40.000”, pensó.
Esa noche Mario se inventó un trabajo en donde las palabras que usaba no lo hacían sentir importante sino peligroso y hasta valiente. Eso le gustaba.

***
¡Huy,  ahí viene otra vez! ¡Dos orinadas en la misma noche! No. Parece que no. Algo le está diciendo al otro tipo, al que me esconde yerba en las raíces. No. No alcanzo a oír nada. ¡Aaaaay! Maldita sea, lo que me faltaba una cortada y ahora cómo me quito a este tipo de encima. ¡Hey! ¡Hey! Nada. El único que me podía ayudar se fue con la maleta.
***
Son las 10:30 p.m  Mario sale de su casa y se sube en cualquier bus que diga que va derecho por la Séptima. Se baja en la Sesenta y siete baja cuatro cuadras hasta el parque. Faltan diez para las once. Se fuma un cigarrillo en la banca que queda justo en frente del Carulla. Se levanta y va a orinar detrás del árbol de siempre. Se arregla el pantalón, mete la mano debajo del saco y aprieta el destornillador Phillips con punta en estrella. Acaba de ver a su cliente de hoy. Es un tipo alto, eso no le gusta, pero parece desprevenido. Lleva una maleta de computador que pone al lado del árbol.
Mario prende otro cigarrillo para parecer desprevenido como su cliente. Se acerca  intentando disimular, voltea el destornillador de tal forma que parece un cuchillo, da tres pasos rápidos y largos hacia el cliente del computador y le dice algo. El tipo se agacha, levanta la maleta, la gira con fuerza y le pega a Mario en la cabeza. Mario cae al piso boca abajo enterrando el destornillador en una raíz del árbol. El cliente lo revisa, no tiene casi nada,  solo dos mil pesos y algo que brilla clavado en el piso. Lo saca. Abre la maleta y mete el destornillador  “Esto vale como $45.000”, piensa.

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© Isabel Cristina Arenas

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