Amalia, no estamos solos - Angélica María Pardo


Concurso Internacional Latin Heritage Foundation de Cuento Breve


Angélica María Pardo, integrante del Taller de Cuento "Ciudad de Bogotá" 2011, fue elegida como uno de los 30 autores premiados (y publicados) en el Concurso Internacional Latin Heritage Foundation de Cuento breve. Este fue el fallo del jurado:


Fallo: 
Los ganadores del Concurso Internacional de Cuento Breve se relacionan más abajo en orden alfabético. El jurado ha seleccionado 30 obras entre medio millar de cuentos enviados desde los países de América Latina, EE.UU., Canadá, España y demás países de Europa. Ellos son:

1. Agustina María Bazterrica, Argentina

2. Ángel Luis Figueroa Rodríguez, Puerto Rico

3. Angélica María Pardo López, Colombia

(Siguen otros 27 autores. Los cuentos se publicaron en el libro titulado Minotauro - Antología de Relatos Breves)

Publicamos el cuento premiado:

Amalia, no estamos solos

Angélica María Pardo

Hacía mucho que no la veía. Sus relaciones habían roto abruptamente cuando después de una  amistad cálida y que prometía mucho más, ella le había comunicado a Roberto que estaba enamorada de otro hombre. Él pareció indiferente ante la noticia, le deseó felicidad sinceramente y se apartó de Amalia para siempre.

Su despecho fue ahogado por un silencio sordo y las variadas ocupaciones que copaban sus días y sus noches.

Solo hasta algunos años después la volvió a ver, sentada en la parte delantera de un autobus, hojeando una revista con atención. Él estaba lejos, mirándola, recordando la amenidad de sus charlas y el enamoramiento loco y servil que se había adueñado de él en aquel tiempo. Se dijo que era por eso que ella no lo había querido, se preguntaba si no debería ir a saludarla, decidió que no y en esto el autobus se fue llenando de un polvillo fino que hacía ver el aire como una niebla muy desvanecida, casi inexistente.
Los demás pasajeros también lo notaron, pero sin excepción pensaron que se engañaban y que era efecto de la luz. Pronto los ojos de todos empezaron a enrojecer y a lagrimear, un niño tosió por largo rato y después se puso a llorar. El desespero se empezó a ceñir en  los ocupantes del bus. Amalia se levantó de la silla y abrió la ventana a su lado, pero era inútil, el povillo blanco no se salía del vehículo, antes bien, aumentaba y aumentaba como si se reprodujera a sí mismo. Ella se tapó la naríz y la boca con el chal que le cubría los hombros, igual hizo Roberto con la solapa de su chaqueta, pero el polvillo se colaba a través de las fibras y llegaba inevitablemente a sus pulmones.

Momentos antes de que la debilidad se apoderara de los pasajeros, muchos de ellos intentaron golpear las puertas del vehículo. Lanzaban gritos al conductor ordenándole que abriera las puertas, pero por más intentos que aquel hacía para obedecer, abrir las puertas era del todo imposible, el mortifero polvillo se había metido en todos los resquicios del bus, en su maquinaria, dentro de los cojines de los asientos, flotaba en el aire, inundaba los pulmones de los ocupantes, quienes ya no intentaban siquiera salir por las ventanas o romperlas, vencidos como estaban por el desaliento y la asfixia.

Roberto tuvo un violento ataque de tos. Cuando retiró las manos de su boca el miedo lo invadió al ver las manchas de sangre que habían quedado en ellas. Miró en dirección de Amalia y vio como ella trataba desesperadamente de respirar a través de su chal, enrojecida por completo y con los ojos aterrorizados. Entonces Roberto supo que aquello no era un un simple accidente que pasaría pronto, se dio cuenta de la inminencia del peligro y con toda convicción, en medio de su temor, le perdonó todo y decidió ir adonde estaba ella. Pensaba en lo  paradójico que parecía que  él y Amalia no hubieran compartido su vida y sin embargo, fueran a compartir la muerte.

Como pudo se levantó de su asiento y avanzó hacia ella con pasos lentos y tambaleantes, deteniéndose a cada paso por  los accesos de tos que lo asaltaban. Cuando estuvo a su lado la encontró fatigada, exhausta, casi dormida. La llamó, y tomando su cara entre las manos le dijo "Amalia, no estamos solos". Ella entreabrió los ojos al escuchar la lejana alucinación y reconociéndolo estiró los brazos hacia él, como queriéndolo abrazar. Los ojos de Roberto se nublaron, pero el polvo del aire los secó al instante. Sentía un pánico terrible, una compasión infinita de verse y verla a ella en esa situación. Se sentó a su lado y tomándola entre sus brazos, la empezó a consolar  cantándole sin desprender los labios una dulce tonada. Poco después terminó su canción, quedando Amalia y Roberto inmersos en el más profundo e inacabable de los sueños, que aunque triste y pesado, los había sacado de aquella pesadilla.

* * *

Para ver el FALLO completo siga este enlace:
http://www.latinhf.com/concursoliterario.htm

Para adquirir el Libro con los cuentos premiados siga este enlace:

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